De insoportable a ameno, de ameno a insuperable se fue haciendo nuestro viaje habitual. Convocaste a mi talento, y de tu rostro desprendían risas que se hicieron mi manjar. Abrigué cada penuria que me confiabas, y en mis entrañas, te ganaste un buen lugar. Conocí cada rincón de aquella alma que se distingue por su eterna inmensidad. Sin quererlo y de rebote, nos encontramos incendiándonos y dando luz a aquel placer que transmutó Martes opacos, por barnizarlos de un delirio extremo que se activa en tu sommier. El amor fue tan bien hecho, que infinitas son las gracias que nos concederá.
No hay comentarios:
Publicar un comentario